La semana pasada, cuando fui con Gutiérrez al cine, perdí una espectacular camperita de gabardina. No lo lamenté, o hice un esfuerzo mental por no lamentarlo.
Debo dejar ir las cosas y las personas, desapegarme de todos mis bienes materiales y espirituales y dejarlos fluir en abundancia. Abrir mis puños apretados. Soltar las máscaras, las cosas, las emociones, y atajar en el viento algunos momentos dulces que me depare el futuro.
Estoy destrozada de tristeza y el desapego no me sale. No me sale despedirme. No me sale pensar que Juan no tenía las mismas ganas que yo de seguir una vida juntos.
No me sale pensar en gastarme en otra cosa los ahorros para casarme que acumulé sola estos últimos 5 años. Años que pasé más sola que de novia, viendo a Juan una semana cada dos meses. Viajando a Ciudad Gris cuando y como podía y preguntándome por qué él no se desesperaba tanto como yo por compartir espacios cotidianos.
Quizás el músculo de las despedidas se me atrofió por usarlo más de la cuenta y ahora no puedo dejar ir nada. Nada de nada. Ni los sueños, las personas, la historia, el placer etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera. Ahora vivo todo el tiempo con el nudo en la garganta, el miedo a los aeropuertos, los abrazos interminables, el llanto a flor de piel y las dificultades para retirarme a tiempo.
Gutiérrez ha desaparecido otra vez y me odio por permitir que algo tan estúpido como eso me angustie.
...que estás re colgada esperando el colectivo...
Hace 1 hora.

